Titulo: DESPUES DE COMER PERDICES O PORQUE LAS MUJERES SON BOLUDAS E INSISTEN EN ENAMORARSE...
Autor: Rita GardelliniLeído en Formato: E-book
Páginas: 104
Ficha técnica:
Después de comer perdices o por que´ las mujeres son boludas e insisten en enamorarse
UNR EDITORA.
Rosario, Argentina. 2011. 96 páginas: 21 x 14 cm.
ISBN 987-950-673-917-1
SINOPSIS
¿Por qué las mujeres insistimos en enamorarnos? ¿Por qué ellos se consideran tontos si se enamoran?
Un esquema de nuestras relaciones: en la mirada de ella y él; diferentes e ingeniosos relatos que se encuentran para brindar respuestas o preguntas.
Inician con una sátira: una Cenisiente jugada y sorpresiva que aconseja seguir descalza… finalizan en el cinismo reflexivo y solitario de nuestros días.
Déjese perturbar…
FRAGMENTO:
— ¿De qué carajos estás hablando?
—De que te acostás con esa chica, y ella te siguió hasta acá. ¿Me quería conocer a mí? ¿Le hablaste de mí?
—Paula no digás disparates; ¿cómo me voy a acostar con esa chica? Puede ser mi hija, tengo casi cincuenta, soy un hombre maduro.
—No es ninguna de tus hijas; no te veo andando con alguien de la edad de tus hijas, que ni alcanzan apenas los veinte; y lo que no comprendés es que no me importa. Me da lo mismo, además, vos sos muy bueno en la cama, te da el físico sin problemas; ¿ella te enseñó esa especie de ternura que te veo a veces?
— ¿Cómo que te da lo mismo?
La conversación comenzó a girar sobre ese tema, ya no interesaba si él se acostaba con ella o no; el problema parecía ser que a mí no me importara. Mi marido, sin dudas, es un tipo brillante, inclusive se estaba ofendiendo: no sólo porque dudara de su integridad sino porque, además, estaba “sorprendido y espantado” —tal cual me dijo— por mi falta de interés.
Y sí, eran otras épocas; recordaba los tiempos en que podría haber muerto de sólo pensarlo con otra; pero ahora era así: sólo tenía algo de intriga y mucha lástima por la chica. ¿Se pensaría que él se casaría con ella? Ilusa, los hombres no se divorcian; nunca quieren dejar el nido, salvo que la mujer lo decida; y cuando ella lo decide, se aferran con más garras. Mi marido asomabaun enojo genuino; había dejado atrás la mascarada de sentirse ofendido por “tales acusaciones sin fundamento”, sino que se centraba en mi apatía por el tema.
—Claro, no te importa, ¡mirá vos! Eso es nuevo; así que a mi señora no le calienta si me acuesto o no, con otra.
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